aprende con penelope
La heterosexualidad femenina ha descendido del 93,4% al 83,8% y la bisexualidad se ha doblado: varias mujeres nos explican por qué han cambiado su orientación sexual
Por Clara Nuño
"Oye, ¿y si hacemos un trío?" es la gran pregunta a la que acompañan la mirada lasciva, la sonrisa socarrona y el a ver si cuela. Andrea, de 26 años, ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que ha recibido el mismo comentario cada vez que alguien se entera de que es bisexual. “Seguro que te has acostado con mucha gente”, “Si sólo has tenido relaciones con hombres, ¿cómo sabes qué te gustan las mujeres?”; “No entiendo cómo te pueden gustar los hombres y las mujeres”; “Y… ¿a tu novio no le importa?”, la retahíla es larga y repetitiva. “Creo que todas nos hemos comido estas preguntas alguna vez”, opina en conversación con este periódico, cansada de tener que explicar que le pueden gustar las mujeres aunque no haya tenido todavía una relación estable con otra chica.
La incomprensión y la incomodidad son comunes ante una preferencia sexual que, a pesar de haber estado siempre ahí, no comenzó a existir como término hasta el siglo XIX, cuando aparecieron las primeras definiciones médicas que patologizaban las sexualidades fuera de lo convencional. Sin embargo, en los últimos cuatro años el número de personas que se definen dentro del espectro bisexual en España se ha disparado. Según los últimos datos del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), en 2021 un 2,3% de la población española se definía como bisexual, mientras que en 2025 la cifra sube hasta el 5,9%.
Entre la población femenina es donde esta tendencia gana más terreno. En 2021 un 2,8% de las mujeres se consideraban bisexuales, mientras que en 2025 la muestra ha subido hasta el 7,5%. Por su parte, la cifra en torno a la homosexualidad oscila en un porcentaje que se mantiene estable a lo largo del tiempo. Es, en definitiva, la heterosexualidad la que ha bajado del 93,4% al 83,8%.
“En los últimos tiempos se ha ampliado el concepto de bisexual, antes se entendía meramente como tener relaciones sexuales. Ahora cuenta con un componente afectivo y romántico”, explica a El Confidencial, Eulalia Pérez, investigadora del Instituto de Filosofía del CSIC en cuestiones de género, para añadir que ya no es necesario haberlo probado, haberse acostado con otra mujer. El desearlo, el querer buscar la intimidad en las otras, el percibir que es una puerta que estás dispuesta a abrir, es suficiente.
“Yo nunca he tenido nada con una mujer, pero si estuviera soltera probablemente me abriría una app de citas para hablar con chicas”, confiesa Adela Quiles, de 36 años, quien añade que durante mucho tiempo ha dudado de su sexualidad. “A los 14 años me di cuenta de que me gustaban las mujeres, pero fue pasando el tiempo y nunca pasó nada, más allá de algún que otro morreo con amigas entre risas”, recuerda para señalar que durante años se ha sentido como una impostora.
“Fue pasando el tiempo y todas mis relaciones han sido con hombres. De hecho, a uno de mis ex le conté que tenía fantasías con mujeres y, aunque de entrada fue muy majo, después empezó a comportarse raro”, relata para señalar que acabó apartándose de ella, desconfiando. “Yo no entendía qué le pasaba y él terminó por decirme que no lo entendía, que le parecía extraño que me atrajesen las mujeres. Me sentí muy culpable y he bloqueado esos sentimientos durante mucho tiempo. No me di cuenta de que el problema lo tenía él, no yo”, finaliza para agregar que, aunque está muy feliz con su novio, cada vez se fía menos de los hombres en el terreno de lo sentimental. “Hay mucho comportamiento machista, y veo cosas por internet que son para llevarse las manos a la cabeza”, opina.
“A veces me pregunto si realmente soy bisexual, porque nunca he podido experimentar sexualmente con una mujer”, reflexiona Ale, de 26 años. “Luego se me pasa porque lo pienso y me atraen mucho más las mujeres que los hombres, por lo que es improbable que cuando se dé la ocasión no me guste”, continúa para criticar que ha escuchado comentarios bifóbicos tanto por parte del colectivo (gais y lesbianas) como por personas heterosexuales (mujeres y hombres) haciendo referencia a que no saldrían con una persona bisexual por pensar que es más probable que les pongan los cuernos. “Me gustaría mucho que se eliminara esa idea absurda de que las personas bisexuales somos infieles y promiscuos solo por ser bisexuales”, declara para señalar que le gustaría más referencias de la bisexualidad femenina en la ficción que no cayeran en la hipersexualización.
Triple discriminación
La sexualidad femenina y sus posibles disidencias siempre han quedado relegadas a los márgenes de la historia, al detalle, a lo menos importante. Desde las amigas entrañables hasta la tía solterona que lleva a su compañera de piso a las comidas familiares. “En la antigua Grecia la homosexualidad y la bisexualidad masculina eran algo común, normal. Muchos hombres tenían su mujer, sus hijos, y luego sus efebos, pero ¿y ellas?”, se pregunta Pérez. “De las mujeres no sabemos nada, no hay data de la homosexualidad y bisexualidad femenina en aquella época, aunque suponemos que también existió”, explica para señalar que, a pesar de que el paradigma ha cambiado, los hombres siguen teniendo más protagonismo. Son ellos quienes están a la cabeza de las carrozas del Orgullo, son ellos quienes mayoritariamente copan portadas y titulares, quienes son más visibles.
“Pienso en las portadas de la Revista Zero (publicación LGTBI que estuvo en activo desde 1998 hasta 2009) y no recuerdo a ninguna mujer. En cambio sí al primer sacerdote gay, sí al primer militar gay”, ejemplifica la académica.
"Cuando alguien joven dice que es bi, le responden que ya se le pasará"
Todo esto se debe al fenómeno de la triple discriminación que, en palabras de Konstantinos Argyriou, doctor en Estudios Interdisciplinares de Género por la Universidad Autónoma de Madrid, consiste en una situación que se genera cuando una persona enfrenta múltiples formas de discriminación simultánea debido a la intersección de tres factores. En este caso, a juicio de Argyriou, serían el género, la juventud (puesto que es la etapa en la que se forma la identidad sexual del individuo) y la propia bisexualidad.
“Los niveles de luz de gas que se hacen con las chicas jóvenes son enormes”, apunta Argyriou. “Normalmente se atribuye a la idea del contagio social en el que piensa sobre todo la gente adulta”, explica para ejemplificar con una situación común en los institutos. “Si un padre o una madre ve que sus hijos tienen referentes LGTBIQ+ en su entorno, ya sean amigos o un profesor, tienden a pensar que se van a contagiar”, elabora para señalar que, sorprendentemente, es algo que sigue ocurriendo y que deviene del pánico moral que se extendió en los años 80 y 90 con el despertar público de las identidades queer en occidente.
Aunque tampoco hay que olvidar, según Argyriou, el prejuicio de la fase. “Cuando alguien muy joven expresa su bisexualidad se suele decir que ya se le pasará, todavía no terminamos de concebirlo como una identidad sexual completa”.
Lo trans y lo bi, unidos
Dicen que lo que no se nombra no existe. Y la bisexualidad no empezó a nombrarse hasta la eliminación de la homosexualidad del Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM) en 1973. Hito clave en la luchar por los derechos LGTBIQ+ en Occidente después de que la homosexualidad estuviera catalogada como una patología en el DSM durante 21 años.
Todo comenzó un año antes, cuando el psiquiatra gay John Fryer se presentó en una convención de la Asociación Americana de Psiquiatría (APA) haciéndose pasar por otro con pseudónimo inventado. Concretamente por el ‘Dr. H. Anonymous’, que dio una conferencia denunciando la discriminación dentro de la psiquiatría y el daño que causaba clasificar la homosexualidad como un trastorno. Eso, junto con los movimientos en defensa del colectivo de los años 50 y 60, acabó consiguiendo que la patología se eliminara en una votación de la APA el año siguiente. Pero cuando se deja un vacío, hay que rellenarlo.
“Para recompensar la despatologización de la homosexualidad, y como todavía había muchas reticencias, se ideó el concepto de homosexualidad egodistónica, que no se eliminó hasta 1994”, explica Argyriou. Esta orientación, que en resumidas cuentas se refiere a la bisexualidad, englobaba a aquellas personas homosexuales que experimentaban angustia por su orientación. “Significaba que no te gustaba ser homosexual y que, aunque experimentaras con personas de tu mismo sexo, no terminabas de abrazarlo del todo. Eso implicaba, en aquellas décadas, que muchas personas se arropasen bajo una etiqueta bisexual a sabiendas de que acabarían teniendo una familia tradicional”, desarrolla.
"Muchas veces hacemos la broma de que qué pena que nos gusten los hombres"
Finalmente, tras la eliminación de la homosexualidad egodistónica, surgió la patología del transexualismo en 1994. En 2013 evolucionó a “disforia de género” y en 2022 fue finalmente eliminada del manual psiquiátrico.
Para Argyriou, lo trans y lo bi están directamente relacionados. No sólo por el contexto médico e histórico, sino por su identidad ambigua, fluida. “Ambos se engloban en una amplia categoría de grises”, explica, “a estas alturas ya sabemos que muchas identidades trans no hacen el cambio de género completo, sino que se desidentifican del asignado al nacer y eso hace que asuman identidades menos definidas”, continúa para agregar que pasa lo mismo con la homosexualidad, sobre todo en la Generación Z; “estamos acostumbrados a meter las cosas en cajones estancos y la gente joven está rompiendo con eso”, continúa. Algo que para el estudioso es “un alivio”, puesto que se están desvelando espacios que todavía no estaban cartografiados.
La cuestión política
Para Eulalia Pérez, el aumento de la bisexualidad general, y la femenina en particular, responde a dos factores. En primer lugar a que el tabú sobre la sexualidad ha bajado mucho, se habla más y con mayor libertad de sexo. Y, en segundo, a que es ahora cuando se están recogiendo los frutos del aperturismo de las últimas décadas.
"No me extraña que haya más bisexuales, con las amigas no hablo de otra cosa"
“En España se ha notado muchísimo en los últimos años. Hace 20 o 30 años tú no oías a la gente decir abiertamente que es lesbiana o bisexual, ¡mucho menos poliamorosa!, concepto que todavía nos cuesta”, ríe Pérez. Para ella, en los últimos tiempos se está viviendo una gran salida del armario en general. Pero al armario siempre se puede volver.
“Habrá que ver qué pasa en un mundo donde se está tratando de virar de nuevo a las relaciones tradicionales, a las mujeres dentro de casa, al conservadurismo más puro en un momento en el que la manosfera está ganando fuerza a nivel global”, apunta Pérez para señalar el caso estadounidense, donde Donald Trump, al comienzo de su segundo mandato, ha decretado la eliminación de la diversidad sexual y de género. “Veremos dónde estamos dentro de 5 o 10 años”, murmura.
El mundo después del covid
Ana tiene 27 años y está saliendo con una chica. Había pensado muchas veces que quizá también le gustaban las chicas, pero no estuvo segura del todo hasta que se enrolló con una. Lo hizo después de la pandemia. “Cuando estoy con mis amigas hablamos mucho del tema, cada vez tengo más amigas que son bi, y muchas veces hemos hecho la broma de qué rabia que nos gusten los hombres, ‘si fuéramos lesbianas se acabarían nuestros problemas”, bromea consciente de que es un estereotipo pero señalando que ha notado diferencias con sus experiencias previas con hombres. “Me entiendo mejor con ella, no sé si es por la elección de ser una mujer o por cómo es ella como persona, pero sí siento que es más detallista y cuando hablo con ella siento que sabe leer cosas que en un hombre me resulta más difícil de imaginar”, explica.
Celia, de 29 años, tiene hoy una relación con un hombre heterosexual, pero también comenzó a experimentar con su sexualidad tras la pandemia después de una ruptura amorosa. “Cuando mi chico de entonces me dejó, me abrí Tinder y me metí en el mundo liberal. Entonces comencé a experimentar, especialmente con el sexo en grupo. Ya sabía entonces que, más o menos, me atraían las mujeres, en esas experiencias descubrí que también me gustaban sexualmente”, relata para añadir que es algo que todavía lleva con discreción y lo vive con vergüenza, especialmente por su familia y amigos tradicionales, “Creo que es porque en mi cabeza sigue estando el prejuicio de que bisexual equivale a guarra”, opina.
“¡No me extraña que ahora haya más mujeres bisexuales!”, cuenta entre risas María, de 29, “con mis amigas no hablo de otra cosa”, continúa para apuntar que, en su experiencia y en la de su entorno, es la orientación que más tarda en aceptarse porque hay un cuestionamiento continuo, tanto interno como externo. “Yo llevo varios años considerándome bisexual, pero me lo he cuestionado mucho porque se ve que es algo que se dice que está de moda, pero me pregunto yo: a las personas hetero no se les cuestiona si nunca se han acostado con nadie, ¿por qué a los demás sí?”, insiste.
“Después de la pandemia ha habido como un punto de inflexión sobre todo en la generación Z”, apunta Argyriou, “ha supuesto un momento de visibilidad y representación de lo bi muy grande. Especialmente en la esfera online. Mucha gente famosa ha salido abiertamente a decir que es bisexual, y eso ha permitido que muchas otras personas hayan sentido que pueden pensar libremente sobre su sexualidad”, argumenta para puntualizar que lo nuevo, hoy, no son los datos. “Llevamos manejando cifras similares de manera intermitente desde los años 50. Lo que cambia hoy es la apertura, el cambio del relato, el que la gente se atreva a ser. No creo que haya más bisexuales, sino que ahora son más visibles”, zanja.
noviembre2025@womanpenelope.es